El sonido del agua de las fuentes, el calor del aire, la luz tenue, la decoración arabesca, todo creaba un ambiente que parecía sacado de las mil y una noches. Un ambiente tórrido que, sin embargo, para nada hacia presagiar los momentos de clandestino placer que tendrían lugar en ese hammam una tarde de invierno tan fría y desapacible. Dos días antes se nos ocurrió ir y luego tomar una cerveza por allí cerca. Después de una semana ajetreadísima, ya tocaba viajar en el tiempo y evadirse del mundanal ruido. Violeta tuvo la idea, porque había estado con sus amigas hacía poco antes de salir de marcha y decía que la experiencia era relajante y divertida, por aquello de llevar un pareo y unas chanclas como única indumentaria, para poder sudar y remojarse en las fuentes y duchas. No tardé ni una milésima de segundo (o como se dice ahora "cero coma") en asentir, pensando en que el lugar y el contexto tenían toda la pinta de dar lugar a situaciones furtivas de "cierto" ...
Contemplar furtivamente tu tanga al despertar cada mañana provoca un fuego que estalla en mi interior, liberando no sé qué ni cuántas hormonas que me tienen frito durante horas por esa imagen tuya mientras te lo ajustas a esas caderas mágicas, una visión grabada a fuego en mi retina. Ver cómo te vistes cada mañana para atraer miradas de deseo por cada rincón de la ciudad por el que pasas camino del trabajo, con tus vaqueros ajustados como un guante y tus zapatos de tacón. Clase, estilo y sensualidad, cogidas de la mano. Llego al trabajo, por mucho frío que haga en la calle, caliente, vivo, con ese tanga de encaje en la memoria cargado de simbolismo erótico, que demuestra un afán sutil por llamar la atención del mundo sobre tu belleza y por resaltar una redondez de por sí maravillosa, tensa, fuerte, suave. Cada uno de esos momentos visuales que me regalas fugazmente cada mañana es una recarga de energía, una reacción en cadena que se mantiene en mi cuerpo todo el día, impulsado por es...